27 de ene. de 2013

La mujer que nunca sonríe



La primera vez que la vi se echó a llorar. Un llanto silencioso con los ojos abiertos de asombro de que alguien creyera en lo que decía. Le pasa a la mayoría de los pacientes con fibromialgia cuando llegan a una Unidad de Dolor Crónico. Pero no era una sonrisa. Eso no. 
La mujer que nunca sonríe guiña los ojos al hablar intentando concentrarse para explicar lo que siente a través del velo de dolor que empaña su conciencia. Y hace gestos diminutos con las manos en vez de gesticular.
Esta semana, antes de irse, cuando ya habíamos acabado la entrevista, la mujer que nunca sonríe se quedó de pronto callada y me dijo:
- He leído su blog
- ¿Mi blog? - siempre me parece raro. Sé que lo lee gente, que estáis ahí al otro lado, pero a mí me sigue pareciendo que lo escribo para mí.
- Y me hizo reír.
Y, por primera vez desde que la conozco, la mujer que nunca sonríe, se permitió una sonrisa tímida. Y yo, no por primera vez, sentí que esto merece la pena. 

22 de ene. de 2013

Las pecas



- Disculpe - me dijo la buena mujer cuando ya se estaba marchando por la puerta después de informarle de que su familiar estaba sano y salvo en la URPA - ¿Le puedo hacer una pregunta personal?
A pesar de lo que parezca - después de todo, desbarro aquí día sí y día también sobre mi vida personal - me aterra esa pregunta. Generalmente va seguida de algo sumamente desagradable. Pero hago de tripas corazón y respondo la única respuesta imposible si no quiero ser políticamente incorrecta. 
- ¿Acaba de tener usted un hijo hace poco?
¿Veis lo que os decía? Mecagoenlamadrequelaparió. Vale que he subido un poco en Navidad pero de ahí a parecer recién parida va un mundo. 
- Bueno, la última vez que parí fue hace siete años. Es sólo que este pijama hace más gorda aún de lo que una está y...
- Oh, no - respondió ella, toda ruborizada - No me refería a que está gorda. Lo decía por las manchas. 
- ¿Manchas? ¿Qué manchas? - cada vez me cae usted mejor, oiga. 
- Las que tiene en la cara. 
- Esas manchas son pecas y las tengo desde pequeña - no cuento que una vez mi profesor de Derma las diagnosticó de cloasma gravídico arruinando la poca fe que pudiera tener en sus conocimientos. 
- Ay, sí, pero si acabara de parir le podía dar un remedio para que le quedara la cara blanca como el cristal y no así de negra. - A la doña le enseñaron tacto en el mismo sitio que a mi suegra.
- Pero es que a mí me gusta así...
- Coge usted el pañal de la primera meada del bebé y se lo frota bien por la cara - sigue diciendo ella haciendo caso omiso a mi cara de asco - Yo se lo hice a mi hija y ahora tiene la cara que parece una muñeca. 
¿A qué va a ser este el origen de las cremas de urea?


17 de ene. de 2013

La paciente empoderada


Amanda habla rápido. Tan rápido que apenas puede respirar entre palabra y palabra. No confía en los médicos. Ha visto tanto...Le hemos defraudado tantas veces...¿Por qué debería confiar en mí? En alguien que, además, quiere cambiarle el tratamiento con el que lleva ya 10 años. 
Amanda tiene un lupus. Cuando yo estudié el lupus por primera vez, mi profesor decía que era el gran imitador, que podía emular a cualquier enfermedad. O ser todas a la vez. Amanda las tiene todas a la vez. Y como dice uno de mis poemas, "una vida curvada hacia atrás como un arco". Porque Amanda ha decidido tirar para delante contando cómo ha llegado hasta aquí. 
Por primera vez, desde que me metí en esto del mundo 2.0, uno de mis pacientes me cuenta que escribe un blog, que lo hace para ayudar a otras personas en su misma situación, pero también para sentirse mejor, como válvula de escape. 
Por primera vez, desde que me metí en el mundo 2.0, leo de cabo a rabo el blog de alguien. Amanda no escribe bien. Escribe como habla, rápido, con frases con tan pocas comas que si las lees en voz alta te quedas sin aliento. Y con muchas faltas de ortografía. Pero allí, post a post, está ella. Sus sentimientos, lo que piensa, lo que es importante en su vida. Y eso hace que yo, que soy su médico, entienda mucho de lo que me cuenta en diez minutos de consulta.
Por primera vez, tengo un paciente empoderado. Y no le he dicho - aún me pregunto por qué - que, al otro lado de la mesa, estaba la Doctora Jomeini.


8 de ene. de 2013

Los años de los Reyes Magos



Me quedan pocos años de Reyes Magos. No. No me he expresado bien. Me quedan pocos años de chantaje con los Reyes Magos. Que el Terro cada vez se los huele más. Porque Susanita sigue viviendo por ahora en los mundos de Yupi, pero su hermano es de lo más inquisitivo. Que como hacen para ir por todas las casas. Que por qué a los ingleses no les llevan regalos, que qué han hecho los pobres ingleses. Que como se llaman sus camellos. ¿No tienen nombre los renos de Papá Noel? Entonces, ¿cómo no van a tener nombre los camellos? (Que sepáis que, a partir de ahora, los camellos de los Reyes Magos en mi casa se llaman Tragón, Almendrado y Dulce. Sí, ya sé que los nombres están un poco influenciados por la "jartada" de comida navideña, pero había que salir del paso, oigan). 
Así que, como no creo que sobreviva a muchos años de interrogatorio, este año decidí aprovecharlo al máximo. 
- Que no me quiero poner esos zapatos - decía el Terro, enfurruñado - Que parezco tonto con ellos. 
- Pero, Terro, si son zapatos de hombre, como los de papá.
- Que no, que no.
- Uy, qué mal que te estás portando - empiezo a decir. De pronto, miro con sorpresa a la ventana - ¡MIRA! - grito - He visto una capa morada. Seguro que eran los Reyes Magos mirando por lo mal que te estás portando. 
Él mira a la ventana. Baja la vista al patio donde nuestras tortugas (Zuky y Menta) toman plácidamente el sol. Y luego vuelve a mirarme con la ceja levantada. 
- Pues las tortugas lo habrán flipado - me contesta - Vaaaaale, me pongo los zapatos. 

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