30 de ago. de 2012

Anestesia y golf



Hace cinco años, un compañero mío, el Dr SuperLópez, decidió trasladarse a vivir a Huelva. Y, como se había comprado unos nuevos palos de golf, dejó en casa los palos con los que había aprendido, con la sana intención de que los utilizáramos nosotros. Hasta este año, los palos han estado acumulando polvo en una de las estanterías del garaje. Pero, en Junio, unos amigos nuestros nos animaron a apuntarnos a un curso de iniciación con ellos, sin saber el monstruo que alentaban. Porque mi santo es muy de obsesionarse. A la semana, había comprado zapatos para los dos. A las dos semanas, cada vez que me asomaba a su ordenador lo veía investigando sobre la Copa Ryder o sobre palos. Ahora, no hay día libre que no diga: "¿Y si vamos a echar unas bolas?". Lo cierto es que estos días, aprovechando que estoy de Rodríguez (por esas cuitas de los contratos de tres meses y los recortes), he aprovechado para ir yo solita a dar unas clases. Os aseguro que la visión de verme enfundada en pantalones y zapatos de golf manejando el palo como si fuera un azadón es digna de contemplación ( y de cachondeo, todo sea dicho). Y ha sido en esas solitarias clases, mientras el profesor me pedía que girara y "degirara" (cosa que estoy convencida de que no viene en ningún diccionario), cuando me di cuenta del enorme parecido entre jugar al golf y anestesiar. Veámoslo:
- Se empieza la partida - o la cirugía - con un golpe largo (swing) que necesita la coordinación de 124 músculos para que la pelota - o el paciente - no caigan en terreno espinoso.
- Todo el mundo - mientras tanto - piensa que lo único que estás haciendo es darle a una pelota con un palito ( o inyectar un poco de propofol). Y que, total, todos los golpes son iguales. (Una anestesia general es una anestesia general y punto).
- Cuando una empieza a jugar - o a anestesiar - le parece que jamás será capaz de controlar tantas cosas a la vez. 
- Tanto en una como en otra, el atuendo es antilujuria total. 
- A medida que una practica, mejora su handicap.
- Y, después de pasar horas al sol (o en el lado oscuro del quirófano), sorteando mil escollos, no hay mayor satisfacción que terminar de un modo elegante, como si no costara esfuerzo ninguno. 

22 de ago. de 2012

Cristina




- Hola - me saludó una voz femenina al descolgar el teléfono.
- Hola - contesté yo, intentado adivinar quién era.
- ¿Sabes quién soy? - preguntó.
- Pues no. No te tengo fichada.
Una risa cristalina, como campanillas, se oyó al otro lado.
- Soy esa persona con la que tenías un club de espías. Tengo pruebas: aún conservo mi carnet.
- ¿Cristina? - no puede ser otra.
La risa cristalina vuelve a sonar.
- Síííííí
Cristina fue mi primera amiga. Por lo menos, la primera que yo recuerdo. Era una niña dulce y bajita. Siempre de las primeras de la fila en clase. Yo era larguirucha y bastante seca. Y siempre de las últimas. Ella era Candy-Candy. Yo, Patas Locas Crane. Pero a pesar de ello, eramos uña y carne. Con ella, jugué a espías y a Galáctica. Con ella, hice tortas de barro y montañas de hierba para desespero de mi pobre madre. Ella fue mi primer crítico literario - de unas novelas empalagosas llamadas "Las aventuras de Betty y John". Juntas empezamos a estudiar Medicina. Compartimos mesa de Anatomía, borracheras y juergas varias y nos enamoramos del mismo chico - que no fue para ninguna de las dos. Después de licenciarnos, yo me fui a Madrid y ella a Suecia. Fue nuestro punto y aparte.
Después de - ¿cuántos?- dieciséis años sin vernos, el otro día me llamó.
- Es que me hablaron de ti: "¿Conoces a esta chica, que escribe un blog...?" No me lo podía creer. ¡Claro que la conozco! Así que le pedí tu teléfono. 
Cuando nos vimos, fue como si el tiempo no hubiera pasado. En un par de horas, nos pusimos al día, pero tengo la sensación - sin duda, compartida - de que hubiéramos estado días de charla. No hay problema. Estoy convencida de que, esta vez, hemos puesto sólo un punto y seguido. 

En la foto de arriba, Cristina y yo, con 9 años, poniendo cara de buenas.

16 de ago. de 2012

Relatividad



Su frecuencia cardiaca anormalmente baja me hizo preguntarle:
- ¿Haces mucho deporte?
Sonríe, con una sonrisa de medio lado.
- Nado. He nadado la travesía Gomera-Tenerife. Y El Río, en Lanzarote.
- Uau, entonces nadas de verdad. ¿Te dedicas a esto profesionalmente?
- No, soy economista. Soy gerente de una compañía de importación-exportación. - Se queda callado un segundo - Es mi primera vez. Nunca me han operado de nada.
- Lo sé. Tranquilo. Verás que todo sale bien.
Inmediatamente después de decirlo, me muerdo la lengua. Cada vez que le digo a alguien que "todo va a salir bien" tiene alguna complicación. Así de gafe que es una.
- Tú, despiértame - me dice - que, la semana que viene, tengo que hacer el inventario y no van a poder sin mí. 
Sonrío y asiento en silencio. Induzco. Lo conecto a la máquina. 
- 3000 unidades de heparina - dice el angioradiólogo - Ahí vamos.
Todos vemos el contraste subiendo por la carótida interna y , como se abre, en un aneurisma de base ancha en la rama cardiotimpánica, justo al lado de la arteria oftálmica. 
- Si lo cierro, perderá la vista de ese ojo - musita el radiólogo.
- Y si no, puede romperse - apunto yo.
- No lo voy a hacer hasta hablarlo primero con él.
Lo despierto. Nada más abrir los ojos, me pregunta:
- ¿Se acabó?
Niego con la cabeza, apesadumbrada.
- Hay un problema
El radiólogo le cuenta dónde está el aneurisma y qué podría pasar en un caso y en otro. 
- Y yo preocupándome por no cuadrar los balances - le oigo decir de camino a Recuperación. 


10 de ago. de 2012

Bien con J

Una no se da cuenta de que los años no pasan en balde. Aunque, de vez en cuando, el espejo nos recuerde cruelmente que tenemos ojeras, arrugas, canas y michelines, una se cree que es una pipiola que puede pedirle a su cuerpo de cuarenta tacos lo que le pedía al de veinte. Y una no puede estar más equivocada. Así que aquí está una pagándolo con sudor y lágrimas. 
Os cuento: paciente de 80 años que los vasculares tienen a bien operar a las cuatro de la mañana. El don es un metro cúbico: todos sus lados miden un metro, incluido su perímetro abdominal. Le voy a hacer una espinal y no termina de gustarme cómo está colocado, así que, creyéndome Rambo, tiro de él hacia mí. Craso error que viene seguido de un "CRAAAACK" en mi espalda.
A partir de ese momento, voy moviéndome por el hospital como la hermana de Robocop. Antiinflamatorios, relajantes musculares, calor y un TENS que he pedido prestado a la Unidad de Dolor y nada, que si quieres arroz, Catalina. Las lumbares siguen ahí atrás, tres días después, cantando La Traviata a pleno pulmón. Y mañana tengo guardia. Otra vez. 
En mi desespero, he buscado en Google y mirad la solución que he encontrado. Estoy seriamente pensando en hacer una residencia en quiropraxia inka (con k de kilo). 






3 de ago. de 2012

Crónicas del Ikea



Iba yo por Ikea tan feliz, lalaralarito y tal, siguiendo la flecha de la que no puedes desviarte porque si no te pierdes y te conviertes en un kamikaze contracorriente, cuando veo una cocina muy chula que les vendría de perlas a mis padres. Me dirijo a un dependiente vestido de amarillo pollo. Dicho sea de paso, el que diseñó los uniformes de Ikea o era un genio por adivinar que nadie se pondría una camisa de ese color ni jartogrifa que estuviera y los dependientes serían rápidamente localizables o se tomó lo mismo que el que diseñó el chándal olímpico de España. Pero a lo que vamos: me dirijo al dependiente vestido de amarillo pollo:
- Oiga, perdone...
Él me mira con los ojos como platos y exclama:
- ¡Anestesista!
Me toco el pelo a ver si me he dejado puesto el gorro de quirófano, que, con la cabeza que tengo, todo puede ser. Pero no.
- Jomeini, ¿verdad?
¡Dios del cielo! ¿Cómo lo sabe? Yo pensaba que esta especialidad sólo me había marcado con unas ojeras perpetuas, pero ahora resulta que la llevo grabada a neón en la frente. Luego, mientras él me observa sonriente, me empieza a sonar su cara.
- Estooo...¿te anestesié yo...o algo?
- No, a mi no. Le pusiste la epidural a mi mujer. Minerva.
Uy, sí, Minerva, cómo me suena. Con ese nombre no creo que hubiera muchas.
- Y luego tuviste que subir corriendo para el parto y sangraba mucho, ¿recuerdas?
¡ZAS! Minerva. La primera atonía uterina como adjunta. Arteria. Dos vías gordas. Y el culo apretado mientras los gines hacían de las suyas. Claro que recuerdo. 
- Ella está bien ¿verdad? 
- Sí, gracias. Y el niño también. Siempre te quise dar las gracias.
- De nada - le respondo con una sonrisa. 

Ya sé que es nuestro trabajo, pero cómo se agradece que alguien se fije en el lado oscuro del quirófano.

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