25 de jul. de 2012

Pacientazos VII: La próstata





- Y dígame, doña Eduvigis, ¿la han operado de algo?
- Sí - me responde la señora - De la próstata.
La miro a ver si me está tomando el pelo. Pero está más seria que Carracuca. Luego le miro la nuez, a ver si es un trans, que ya me ha pasado. Pero su nuez tiene menos aumento que el sueldo de un funcionario.
- Ejem, doña Eduvigis, a ver, ¿de la próstata?
- Sí, me puso el de los huesos una próstata de cadera.

Si es que los traumatólogos con tal de tocar los cojones...


18 de jul. de 2012

Capítulo 3: Sé transparente



Cuando tienes hijos, tienes dos opciones: o llevas una vida transparente cual monja de clausura o te ocultas como un ladrón en las sombras de la noche cuando ellos ya estén K.O.Porque los niños son verborreicos y lo largan todo por esa boquita desde el infausto momento en el que aprenden a hablar. 
Hoy he ido con el Terro y Susanita a la peluquería antes de que suban el IVA. Y, mientras ellos se cortaban el pelo a un lado del espejo, yo hacía lo mismo del otro lado. En mi lado del espejo, silencio total. El roce del peine, el chas chas de las tijeras...Al otro lado, el Terro y Susanita contándole su vida  a la peluquera.
- Entonces, cariño, ¿no querías cortarte el pelo? - le pregunta la peluquera a Susanita que ha entrado a regañadientes en la peluquería.
- No - responde ella, compungida - pero mamá todas las noches dice que tengo más nudos que si un R1 hubiera practicado conmigo. Y que un día de estos se harta y me lo corta al rape.
- Y es que a Susanita no le gusta que la peinen con coletas - complementa el Terro.
- Porque se me caen - explica ella.
- Pero las chicas con coletas están más guapas - opina su hermano - Mira Carolina, que está para comérsela. 
Mi peluquera ahoga una carcajada a este lado del espejo, mientras al otro lado, su compañera le tira de la lengua al Terro.
- ¿Está para comérsela? 
- Sí, eso es lo que dice papá cuando mamá se pinta la boca.
Tierra, trágame. 


15 de jul. de 2012

Pacto entre caballeros




Era una mañana cualquiera
Puede ser que fuera trece
¿Qué más da? Pudiera ser que fuera martes
Nefrectomía parcial por laparoscopia. Sin residente. En un paciente pluripatológico. O sea, sola y monda ante el peligro y dos urólogos. Por delante, epidural torácica, inducción anestésica con TIVA, vía central, arteria - la puñetera arteria que todavía sigue resistiéndoseme...
Sólo se que algunas veces,
cuando menos te la esperas,
el diablo va y se pone de tu parte
Paciente dormido. Todo controlado. Los urólogos colocan los campos. Yo agacho la cabeza para hacer mi hoja cuando uno de ellos le dice al otro:
- ¿Sabes que? La anestesista se parece a la "Yomeini", esa que escribe.
Dijo "Yomeini", así, con y griega. Anglicanizándome. Como la gente que dice "Augmentain" en vez de "Augmentine". O como yo misma, que no tenía ni idea de quién era el Dean Palahí y lo leí una vez como "Din Palaji". Pero la menda es muy castiza. 
- Jomeini, con j - respondo, riendo.
- ¿Por qué la llamas así? - pregunta el otro, mirándome de reojo, como diciendo "la que se va a montar aquí".
- Que no la llamo yo. Se llama ella. ¿Verdad que sí, "Yomeini"?
Y dale. Vuelvo a reír tras la mascarilla y le explico al más joven que no me lo puse yo, que me lo puso alguien a quien puse a dieta fundamentalista. Y que es mi mote en un blog.
- Podías escribir sobre nosotros - sigue diciendo el primero - Como el Sabina, en esa de Pacto entre caballeros.
No sabe él lo que está diciendo. Que no hay que tentar a la suerte. Pero menos a la "Yomeini", porque te arriesgas a salir en un post.
Al cabo de un rato, me pregunta el más joven:
- Como vamos a terminar pronto, ¿podemos meter una RTU? - y me pone ojitos de corderito degollado.
No pasaba de los treinta
el más joven de los chicos
que vinieron a atracarme el martes pasado
- Veeeeenga - accedo, sabiendo que me arrepentiré de ser tan blanda cuando el reloj marque las tres y yo siga dentro de quirófano.
Este encuentro hay que celebrarlo
con jarabe de propofol
compañeros, antes de que cante el gallo
A las tres y cuarto, me devolvieron intacto
con un guiño, a mi enfermo
para llevarlo a Recuperación.
Y yo que siempre cumplo un pacto
cuando es entre caballeros,
les tenía que escribir hoy este post. 




13 de jul. de 2012

La paciente GOMER



Hay un libro que todo médico debe leer a lo largo de su ejercicio profesional: es una novela cínica y agridulce, como la vida misma. La escribió Samuel Shem, un psiquiatra estadounidense, que ha vendido de su obra - "La casa de Dios" - la friolera de 3 millones de ejemplares. En el libro, un médico interno lo pasa realmente mal. Pero lo que más marcada me dejó no es la historia en sí, llena de humor negro y ácido, sino la figura de los GOMER (siglas de Get Out of My Emergency Room), palabra con la que "El Gordo", uno de los adjuntos de la novela, denomina a los ancianos con demencia senil, que su familia "aparca" en Urgencias, indestructibles a menos que uno se empeñe en curarlos. ¿Quién, siendo profesional sanitario, no ha tenido un GOMER en sus manos? Yo tuve una la otra mañana en quirófano. Una GOMER que era un clon de Mr Magoo. 
- Hola, Sra GOMER, soy la Dra Jomeini, su anestesista.
La señora me mira moviendo las mandíbulas desdentadas como si mascara chicle.
- ¿Tú eres la que me va a dormir, niña? - asiento - ¿Me vas a dormir entera?
Vuelvo a asentir.
- ¿Hasta el "shosho"?
- ¿Cómo?
- El shosho, niña, eso de ahí abajo. ¿También me lo vas a dormir?
- Toda, Sra. Shosho incluido.
- ¿Y qué voy a hacer cuando venga el Ruperto?
- ¿Cóóóóóómo?
- Sí, niña, que cuando venga el Ruperto a jugar, ¿qué voy a hacer con el shosho insensible?
La miro a los ojos - llenos de legañas - para comprobar si me está tomando el pelo. Pero no. Lo dice en serio.
- Bueeeno - le respondo, sin poder disimular la sonrisa - igual que la voy a despertar a usted, despertaré también al shosho, descuide. 
- Es que el Ruperto no es mi marido, no te vayas a creer, niña.
- Ejem, ejem - las vicisitudes del Ruperto son de lo más interesante, pero se está haciendo tarde - Sra. GOMER piense en algo agradable.
- Pues en el Ruperto.
Y dale. El Ruperto, sea quien sea, tiene que ser un fiera. 

11 de jul. de 2012

Cómo no ser una drama mamá

Los de Planeta, sí, la editorial, me han encargado una reseña del libro de Amaya Ascunce  "Cómo no ser una drama mamá" porque les gusta mi blog. Por si no os habéis coscado del tema, otra vez. LOS DE PLANETA ME HAN ENCARGADO UNA RESEÑA DEL LIBRO DE AMAYA ASCUNCE PORQUE LES GUSTA MI BLOG. Lo que no saben los de Planeta es que, para mí, eso no es trabajo, porque sigo a la Nena y a su Drama Mamá desde hace tiempo. Más concretamente, desde que mi propia Drama Mamá la descubrió. Y que su libro ya me lo había leído yo por mi cuenta y riesgo. Y que me había partido de risa. Imaginad la escena: mi santo y yo, en el salón, en una de esas raras ocasiones en las que los enanos no interrumpen cien veces. Él en pleno brote de ipaditis, yo con el libro de "Cómo no ser una drama mamá", partiéndome el culo.
- Pero, ¿se puede saber de qué te ríes? - me pregunta.
- Es que es buenísimo...
Porque lo que tiene el libro de Amaya Ascunce es que todos lo hemos vivido en propias carnes. Nuestras madres nos han dicho a todos lo de "Te voy a lavar la boca con jabón" o lo de "Nena, ponte recta". Y lo malo es que nos lo siguen diciendo treinta años más tarde. Sin ir más lejos, mi madre, el domingo:
- Me encanta cuando te pones falda larga o pantalones.
- En otras palabras, mamá, que no te gustan mis piernas.
- Nooooo, mujer, es que cuando una las tiene gorditas, no debe ponerse falda corta.
- Eso, arréglalo aún más - le dice mi padre. 
Que, vamos, quien tiene una drama mamá tiene un tesoro. Y aprende a reírse de ello (como Amaya o como su madre, porque, nena, si yo escribo algo así de mi madre, me excomulga) o se convierte, con el paso de los años, en una drama mamá que dirá a sus hijos lo de que si le quitas lo negro al plátano está buenísimo, que todo lo hace por su bien y que vayan con cuidadito. Pues eso, hijos míos, que no os lo tenga que repetir, que ya tenéis lectura obligatoria para el verano. 



4 de jul. de 2012

Elena: segunda parte



No suelo contar segundas partes de mis historias. La mayoría de las veces porque un anestesista es una pieza más del paso de un paciente por quirófano. Si la cirugía no se complica, los pacientes pasan un par de horas en nuestras manos y, luego, suben a planta donde, a menos que te toque trabajar en la Unidad de Dolor agudo, les pierdes la pista. Pero esta vez voy a hacer una excepción. Tal vez porque yo no he sido sólo una pieza más del paso de Elena por quirófano. Tal vez, porque me ha afectado más de lo que quisiera su historia.
El dolor de las últimas semanas había sido insoportable, a pesar de la radioterapia. Sobre todo, un dolor abdominal no demasiado claro. El otro día, en mi guardia, la cirujana me cuenta: "Tengo en Urgencias a una chica joven con este tipo de cáncer, que tiene una obstrucción intestinal a punto de perforarse. Tengo que meterla en quirófano ya". Era Elena. Sus ojos se iluminaron cuando vieron quién era su anestesista. Una cara conocida en un mar de desconocidos vestidos de verde. 
- Tengo miedo - me dijo, con la voz rota de dolor, mientras yo cargaba el fentanilo.
- No te preocupes. Voy a estar aquí, cuidando de ti, todo el rato - contesté, rogando para mis adentros que la obstrucción no fuera una metástasis.
Me cogió la mano con la que le ponía la medicación.
- Jomeini - me rogó - Despiértame. Por mis hijos. Despiértame, que no he podido despedirme. 
Asentí, con un nudo en la garganta, sin tenerlas todas conmigo.
Afortunadamente, la obstrucción no era metastásica y la cirugía fue como la seda.
- Ay, Jomeini, churri, cómo te quiero - me dijo, cuando, horas más tarde, subía a la planta.
Y yo sonreí, feliz de verla despierta. Y pensé que qué cuernos, que Elena se merecía esta segunda parte. 

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...