30/5/2011

De niños y otros demonios


Hasta que termine la PRC (Puñetera Reforma de los Cojones), estamos de okupa en casa de mis padres. Esto tiene ventajas evidentes (no tenemos que pagar alquiler, tenemos la comida preparadita todos los días, nos echan un cable con los enanos todavía más...), pero, también, ineludibles inconvenientes. Uno de ellos es que los niños están desaforados. Mi madre tiene - estoy convencida - una fase leve de Síndrome de Diógenes sin diagnosticar. No tira nada. Y colecciona de todo. Asi, a bote pronto, recuerdo, dispuestas por la casa, una colección de búhos, otra de bolas de cristal, otra de palomas de cerámicas, otra de cajas pequeñas y otra de marcadores de libros, sin contar con las miles de fruslerías no coleccionables que pueblan muebles y estanterías. Para los enanos, es como desembarcar en Jauja. Y, claro está, esa neurona-trasto que el Terro tiene hiperdesarrolllada ya de por sí, se estimula a niveles insospechados y arrastra en sus sinapsis a su hermana, que, generalmente, es mucho más civilizada.
Ayer, arrasaron con la cosecha de limones sutiles de mi padre - que los miraba crecer y madurar como el que mira a sus hijos - para hacer limonada en una regaderita de hojalata.
Anteayer, cortaron los hilos de un artilugio de movimiento eterno para jugar a los boliches con las bolas plateadas.
La semana pasada, cogieron una barra de pegamento (que mi madre tenía sobre su mesa) para pegar las dos hojas de la mámpara de la ducha. No sé si con el fin de que no pudiéramos ducharlos o por el simple placer de vernos las caras de pasmo.
Así que, hoy, cuando he visto una sustancia pegajosa, de un indefinible color gris, alrededor de los pomos del armario, no lo he dudado.
- Terroooo, Susanitaaaa - grité - Venid aquí ahora mismo.
- ¿Qué pasa? - me preguntan ellos, moscas, oliéndose la bronca sin saber por qué.
- ¿Qué es esto? - les pregunto, señalando el armario.
- No sé - contesta el Terro, encogiéndose de hombros.
- No sé - contesta Susanita, mirándome con los ojos asustados.
- Pues hasta que uno de los dos me explique que es esto, no hay ni dibujos, ni cuentos.
Los dos lloriquean. Que ellos no han sido. Buaaaa. Que no saben lo que es, de verdad. Buaaa. El Terro - que no desperdicia dos segundos de su vida en idear la siguiente trastada- tiene la decencia de reconocer que él no se acuerda de haber tocado los pomos.Pero yo me mantengo firme como una roca. Lo dicho.
En ese momento, suena el teléfono. Glorita.
- Sí, Glorita, dígame.
-Mire, Jomeini, que se me olvidó limpiar el limpiametales que le puse a los pomos del armario....
GLUPS. Pienso en el cuento de Pedro y el lobo. y en que no creí a los enanos a pesar de que me decían la verdad. Y me siento fatal. Y es que, en el fondo, aunque quiera hacer de teniente coronel, soy una blanda.
Me voy a poner a hacer un bizcocho de chocolate para compensarlos.

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19/5/2011

R4


Ya está. He llegado al status de Princesa Leia. Conozco todos y cada uno de los agujeros de mi queso. Soy R4. Éste ha sido un año complicado. Pasé tres calurosísimos meses de verano de Rodriguez en Madrid, aprendiendo a anestesiar niños. Roté por los entresijos de la Cirugía Torácica y Vascular. Me desasnaron en Rea. Aprendí a balancearme entre los requerimientos del neurofisiólogo y los del neurocirujano. Y, por último, me enamoré del rarito de la clase. Ya había coqueteado con él cuando era residente de Familia, pero éste ha sido el año en el que me ha rendido con sus encantos. Me he enamorado de la tercera pata de mi especialidad: el dolor crónico.
No queda nada. Un año pasa en un abrir y cerrar de ojos. Me quedan por delante las rotaciones de Medicina Intensiva  y de Cirugía Cardiaca. Y luego...¿quién sabe?



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15/5/2011

Con pelos y señales



Una de las desventajas de tener niños pequeños es la pérdida total - o, al menos, parcial - de sex-appeal que ello conlleva. No por las estrías del embarazo. No por las ojeras, que ya parecen congénitas. No porque el chándal se haya convertido en una pieza imprescindible de tu vestuario. O porque lleves pantalones con 40º a la sombra porque no te haya dado tiempo a depilarte. Que también. Es, sobre todo, porque, desde el minuto uno en que aprenden a hablar, tienes a tu lado a dos cotillas profesionales que radiaran a tu pareja - y a todo aquel que quiera escucharles - todos aquellos detalles de belleza que nunca quisiste que supiera. Con pelos y señales. Sobre todo, con pelos.
Día postguardia. Aprovecho que mi santo está de parte de tarde para depilarme el bigote.Pero no hago más que sacar la parafernalia, cuando dos cabezas se asoman por  la puerta del baño.
- ¿Qué haces, mamá? - pregunta Susanita.
- 'Epiándome e' 'igote - medio-explico con el labio superior en extensión.
- ¿Qué haces, mamá? - pregunta el Terro.
Paso de contestar. Su hermana mayor, explicada ella, se vuelve al enano y le contesta:
- Se está poniendo bigote, como Tato - mi suegro, que lucía un mostacho blanco del que estaba muy orgulloso.
- ¿Por qué? - se horroriza el Terro - Si tú estás muy guapa sin bigote...
- No me lo estoy poniendo - explico - Me lo estoy quitando.
- Pero, mamá ...-protesta Susanita - ...si tú no tienes bigotes...
La miro y meneo la cabeza. ¿Por qué explicarle a los 7 años la tortura medieval a la que se verá sometida en distintas partes de su cuerpo?
- Es para estar guapa.
Dicho y hecho. Nada más entrar mi santo por la puerta, los dos, después de colgarse de él como bolas del árbol de navidad, le cuentan:
- ¿Sabes, papá? Mamá se puso hoy bigote, como Tato.
- Para estar más guapa.
- ¿A qué está más guapa sin bigote?
Mi santo me mira , con los ojos chispeantes de risa.
- Muy guapa.
Pérdida total de misterio. Lo que os decía. Una pena.

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7/5/2011

Horas previas



Cada vez que se cruza en mi camino una tragedia, no pienso en el momento en sí en que se comunica un diagnóstico terrible o un pronóstico aún peor. No. Siempre pienso en las horas previas. Esas horas de total inconsciencia en las que no vemos venir la tormenta. Horas en las que nos entregamos a cosas banales sin saber que nunca volverán a ser las mismas. Sin saber que esa vez puede ser la última.
Existe una línea delgada y frágil que separa la rutina diaria de algo que marcará nuestra vida para siempre. Una línea que separa el estar tomando una copa con los amigos del timbre del teléfono sonando en el bolso. Una línea que se rompe cuando descuelgas, convirtiendo los dos pedazos de tu vida en un antes y un después.
Hace ya tiempo, mi hermano empezó así un día de fin de año. Recibiendo la noticia de la muerte de uno de sus mejores amigos en un accidente de tráfico. Yo no podía dejar de pensar en las horas previas de su madre. ¿Qué estaría haciendo antes de descolgar el teléfono? ¿Pensando en los preparativos de la cena de esa noche? ¿Haciendo café y enfadándose con el hijo que, por décima vez en el mes, llegaba tarde sin avisar?
Ayer yo estaba preparándome para ir a la cena del Congreso cuando sonó el teléfono. Y, aunque no es mi vida la que cambia, si lo hace la de una amiga muy querida y la de sus hijos.
Bendita inconsciencia de las horas previas.

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2/5/2011

Madre e hija


Entran en la consulta como dos armarios roperos. Madre e hija. Tweedledee y Tweedledum. Provistas ambas de cabellos teñidos de rojo, amplias caderas, estrechos pantalones que les marcan hasta el alma y un bigotillo que hubiera envidiado el mismísimo Charlot. La paciente es la hija.
- ¿Qué le ocurre? - le pregunto.
- Uy, a ella nada comparado con lo que me pasa a mí - contesta la madre.
- Pero...¿quién es la paciente? - inquiero, un tanto confundida.
- Yo, yo - responde la hija. Y me cuenta un dolor neuropático claro, consecuencia de una cirugía torácica complicada.
- Pínteme su dolor - le pido, mostrándole el muñeco de los dermatomas.
- Uf - resopla la madre - si llego a ser yo, me gastaba todo el color pintando. No salía usted de aquí hoy, créame. 
La creo. Y doy gracias al cielo porque la paciente es la hija.
- Porque, mire usté - dice la madre, cogiendo carrerilla - primero, fue la "visícula", luego...
- Sí, perdone, seguro que sí - la corto - pero, si no le importa, seguimos con su hija.
- Sí, sí, claro, pero es que como ella no habla...
Claro, como ella no habla, habla usted por las dos - pienso, pero me callo. - Vamos - le digo a la hija - le voy a dar un par de pinchacitos con anestésico local en la zona por donde sale el nervio. Que le va a aliviar bastante.
- Uy - salta la madre, que no se aguanta ya las ganas de meter baza - Si tuviera que pincharme a mí los dolores, no terminaba hoy.
No contesto. Que sí, señora, que lo he entendido. Que es usted un dolor andante. Y además me está tocando los bemoles, señora. 
Al fin, la hija abre la boca 
- Mamá - le espeta - si quieres que la doctora te vea, pide una cita, pero esta es mi cita. Así que cállate, por favor. 
Olé. Me dan ganas de hacerle la ola. 



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