jueves 19 de noviembre de 2009

Un, dos, tres por mí y por todos mis amigos

Un blog es como un árbol. Primero, eliges una maceta que te gusta y plantas una semilla. Al principio, no se ve nada, sólo tierra yerma dentro de una maceta bonita. Pero, con los cuidados diarios, un día, de pronto, ves asomar tímidamente la primera ramita verde, que, en mi caso, fue
A esa ramita verde le siguen otras (como EC-JPR, por ejemplo).

Y, poco a poco, va saliendo un pequeño tronco, del que parten ramitas frágiles. Esas ramitas frágiles aportan al tronco un montón de hojas verdes que hacen la fotosíntesis diaria y mantienen vivo el blog. O, al menos, eso es lo que me pasó cuando Miguel Angel entró en el mío, con toda su pandilla (Juana, Berni, Capitán Garfio, Grasiete, Rafa T, Mayol...) Hay que abonar y regar a menudo para que el árbol siga creciendo. Y, de vez en cuando (afortunadamente, pocas veces) arrancar una mala hierba, que asfixia al tronco o cortar algún capullo de las ramas. En ocasiones, el volumen de las hojas no deja ver algunas del interior de la copa (Osomel, la Dra Polvorón, Yaiza, Andriu...que sé que me leen aunque casi no comentan), pero están ahí, haciendo la fotosíntesis con el resto para nutrir este árbol.
Hay hojas de color verde oscuro (Matahari, Jane, Septena...), hojas con las venas muy marcadas en su superficie (Daniel, Martín, Pepe, Miguel Angel, Blues, Penélope, Sonsoles, Javier...), hojas que apenas acaban de empezar a enverdecer (Ulukai, JB, Sophie, Nebulina,Chocapic...), hojas con vetas de colorines (Emilienko, Anita Patata Frita, MJ, Yogur, Morris, Isaac...), hojas con pequeñas flores a su cargo (Amalia, Camino...) y hojas verde fosforito (como el Dr Mapache, que es único en su especie).Un abanico de hojas, un abanico de tonos de verde, sobre las cuales, a veces, se posa algún ave de paso. Alguna de estas aves encuentra acogedora la copa del árbol y decide hacer su nido entre las ramas. Y pasa de esta forma, a convertirse en parte del conjunto, como quien llega a su casa y le gusta.Y se sienta en el sillón, con un suspiro satisfecho.
Cuando llega el otoño, algunas hojas se descuelgan y el tronco se pregunta, al verlas desaparecer arrastradas por el viento, qué será de ellas, por qué derroteros las llevará la vida (Violeta, Andrea, Elimary, Soraya...). Pero, a pesar de que estén lejos, el árbol sigue considerándolas suyas.
Este árbol, este blog, ha pasado su niñez y estira sus ramas al cielo gracias a todas y cada una de sus hojas. Y , por supuesto, a sus raíces.

martes 17 de noviembre de 2009

Caperucita roja

En medio del bosque, vivía una niña con su madre. A pesar de que eran muy pobres (la cabaña era propiedad de los servicios sociales del Ayuntamiento y a la madre ya se le había acabado el paro), a la niña le encantaba la moda. Así que se hizo una capita igual, igual a la del anuncio de Chanel.
Un buen día, la madre le dijo:
- Hala, guapa, deja de jugar a la Nintendo- está claro que, a pesar de lo pobres que eran, no tenían una escala de prioridades de gastos- y vete a llevarle a tu abuela este táper con pastel y una jarrita de miel.
Así que Caperucita, que así se llamaba la niña, se puso la capita de Chanel y unos All Stars rojos y se encaminó, pastel en ristre, por el bosque. Cuando, de pronto, de detrás de un árbol, salió un tipo peludo y malencarado que le dijo:
- ¿Dónde vas, Caperucita?
- A ti te lo voy a decir, majo.
- Bueno, vale, no me lo digas. Por este camino sólo puedes ir a casa de la abuelita.
- Entonces, ¿para qué preguntas?
- Oye, ¿no tendrás un piti?
- Hala, toma y déjame vivir, lobo.
Porque las películas nos hacen creer que los lobos y los lobeznos tienen la pinta de Hugh Jackman, pero no. En la vida real, los lobos son más del estilo de Jack Nicholson. O como este pobre desgraciado que, secretamente, estaba enamorado de Caperucita.Por eso, fue siguiéndola de árbol en árbol y cuando ella se paró a mirar un escaparate (¿Qué pasa? Era terreno rural recalificado a urbanizable), él la adelantó.
- Toc,toc
- ¿Quién es?
- Soy yo, Lobo. Viene para acá tu nieta. Esconde la droga, anda.
- UF, mecachinlamar, distráela como puedas.

- Toc,toc
- ¿Quién es?
- Soy Caperucita
- Pasa, pasa nietita, la puerta está abierta.
- Abuelita, ¡qué oscuro está esto!
- Es que tenía migraña, guapa.
- Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!
- Son para verte mejor.
- Lo que tú digas. Me tienes que decir qué marca de Khôl usas.
- Estoooo...
- Abuelita, ¡qué pelos más grandes tienes!
- Son para acariciarte mejor.
- Como me roces con ese bigotazo, me roncho hasta el alma. ¿Te pido hora con mi esteticien?
- Ejem, no, gracias, nietita.
- Y qué boca más grande tienes...
- Ahora sí que te la ganaste, niña.
Y el lobo, ni corto ni perezoso, le arreó un morreo de tomo y lomo a Caperucita. La abuela, que salía en ese momento del armario (se acababa de dar cuenta de que le gustaban las tías), la emprendió a bolsazos con él y lo echó de la casita. El lobo se fue. No voy a decir que con el rabo entre las piernas, que se me revolucionan.
- Que a mi nieta no se la come nadie y contigo no, bicho.
Y en esto tocan a la puerta, de nuevo.
- Toc,toc
-¿Quién es?
- Soy el leñador
- Ya te has vuelto a dormir en los laureles, macho. Hala, pasa y quédate a merendar, que mi nuera nos ha mandado un pastel (por supuesto peor que los que yo hago).
Y colorín, colorado este cuento se ha acabado, aunque podría continuar por varios caminos:
- ¿Dónde se fue el lobo?¿Volverá?
- ¿Qué le pasó al padre de Caperucita?¿Era su madre, madre soltera?
- ¿Y al abuelo?¿Lo dejó la abuela por una mujer? (tanto salir del armario...)
- ¿Quién le vende la droga a la abuelita?¿Vende barato?


Basado en una idea original de Lo que ahorro en psicoanálisis, que, por supuesto, lo hace mil veces mejor que yo.


lunes 16 de noviembre de 2009

Educación sexual


Ya lo dijo Don Hilarión en la Verbena de la Paloma: "Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad". Pero no sólo las ciencias, oigan. Que yo jamás de los jamases pensé en tener que hablar de sexo con mis hijos hasta los doce años. Soy una ilusa. Lo sé. A los 4 años, Susanita quiso saber por qué mecanismo complejo se metían los bebes en la barriga de la madre. A los tres años, el Terro preguntó si dos niñas podían ser novias la una de la otra y, sobre todo, cuántas novias podía tener él cuando fuera mayor (Pequeño pero matón, el colega). Pero, independientemente de los temas estrella (¿Cómo vienen los bebés? y demás) confieso tener un verdadero problema de vocabulario sexual. Porque...¿cómo llamar a los órganos genitales sin que suene mal? En Tenerife, el pene se llama "cuca". Las seños de la guardería le decían al Terro que se sacudiese la "cuquita" cuando hiciera pis. En Madrid, las "cucas" son el apodo cariñoso de las cucarachas. Así que era cuestión de horas que pasase lo inevitable:
- Terrorista - le dice, a mi hijo, una amiga nuestra - no vayas por ahí, que eso está lleno de cucas.
- ¿De cucas de quien? - pregunta mi hijo, todo lógica - Aquí no hay nadie.
La familia de mi marido llama, a la vulva, "pepe". Ya podían elegir otro nombre menos corriente, leñe.
- Ah, hola, Pepe -(mi ex-jefe de trabajo)- Esta es mi hija, Susanita.
- Mamá - pregunta mi hija, señalando ostensiblemente sus partes - ¿se llama pepe, como esto?
Así que senté a mis hijos y les expliqué que los nombres correctos para sus genitales eran pene y vulva. Y santas pascuas.
- Mamá - me dice Susanita, a voz en grito, en la pescadería - Aquí huele a vulva.
Señoooor. Así no se puede.

domingo 15 de noviembre de 2009

Evolución natural

Es sencillo deducir en qué año de residencia (o de diferenciación) se encuentra un anestesioblasto por el análisis del contenido de los bolsillos de su pijama.
El R1 lleva en un bolsillo una calculadora y un monedero. En el otro, metidos con calzador, un chuletario y una libreta de notas. Y en el bolsillo del pecho, bolígrafos, un marcador permanente para rotular las jeringas, las llaves de la taquilla y un pendrive. Llega al hospital como si fuera el representante de la Espasa-Calpe, con los brazos llenos de libros: el Morgan, el Memorix, el Buisán (conocido como "el libro negro de la recu")...El pobre, aún no sabe que no le va a dar tiempo de leer una línea en toda la guardia. Y que siempre, siempre se cumple la ley de Morgan: trae algo para hacer durante la guardia y tendrás la peor guardia de tu vida.
El R2, como resultado de cargar los libros, tiene ya dos hernias discales, así que se los deja en casa. Y añade a la carga bolsillística, un porta-ampollas, para no cortarse ni empapaparse con las ampollas de fenta que se rompen en los bolsillos. Y para no tener que firmar papelitos de opiáceos por las plantas. El tiempo es oro.
El R3 pasa de la calculadora. La mente ya se ha hecho al cálculo matemático (o ha aprendido a calcular a ojo de buen cubero las dosis) y la libreta de notas (¿Para qué hay papel en el hospital, si no?). Está rumiando el comprarse un iphone para mandar al carajo el chuletario. Sin embargo, su pijama, al mismo tiempo que vacía sus bolsillos, llena su superficie con pegatinas de pacientes pendientes de valorar. El otro día, Patas Locas Crane lució, a modo de ombligo artificial, una pegatina de una señora en su pijama toda la tarde.
Al R4 se la suda todo. Lleva el iphone y da gracias.
Este planteamiento es aplicable a casi todas las especialidades médicas y quirúrgicas, salvo una honrosa excepción: los traumatocitos. Los traumatocitos no llevan nada en los bolsillos. Algún papelajo de vez en cuando y para de contar. ¿Cómo valorar entonces en qué año de diferenciación se encuentran? Muy fácil: por las manchas de yeso. Cuántas más manchas, menor es el grado. Digamos que se van enverdeciendo por el camino.
Para César, Ángeles, Patri, Raquel y Luis, traumatocitos a los que tengo en gran estima. Y para MJ, traumatocita atípica en fase de diferenciación 2.

jueves 12 de noviembre de 2009

Fumando espero

Me gané el apodo de Jomeini por el fundamentalismo que caracterizaba mis consejos dietéticos en los tiempos en que ejercía de cabeceróloga. Pero ese fundamentalismo se queda pequeño si lo comparamos con el que me tiñe de negro las canas cuando hablamos de tabaco. Esta semana he estado rumiando el tema, tras verlo aquí y aquí (mucho mejor explicado, por otro lado, de lo que podría haberlo hecho yo), así que, al final, viendo que "meterme en camisa de once varas" atrae visitas a esta casa, me he decidido a postear mi opinión sobre el tema. Opinión que es, después de todo, una jomeinada.
Cuando mi santo y yo nos conocimos, él era fumador activo. (Digo lo de activo porque creo que el que es fumador, lo es toda la vida. Aunque no fume). El pobre iluso, pensando que no íbamos a durar juntos lo que dura un telediario, me prometió que cuando lleváramos un año lo dejaba. Así que, cuando llegamos al año, en vísperas de casarnos, le dije:" Cariño, vete disfrutando de tus cigarrillos de hoy porque van a ser los últimos que te fumes en tu vida". Eso es nada. A fundamentalista no me gana nadie. Recayó cuando llevaba 6 años sin fumar y volvió a dejarlo el agosto pasado. Yo creo que por no oírme.
Mi siguiente víctima es la Dra Lionbar, mi tutora, que ha intentado dejarlo varias veces y siempre ha vuelto. El otro día, me tocó a mí dar la clase de la broncopatía crónica, así que, mirándola directamente, empecé: "Esta clase puede herir la sensibilidad del fumador..." Ella se descojona de oírme. No sabe que de tal palo, tal astilla. Que soy una brasa tipo II encubierta. Y que puede poner la banda sonora de Tiburón cada vez que me vea en las proximidades.
Y, la verdad, es que no lo entiendo. Supongo que porque nunca he sido fumadora y no puedo comprender qué placer encuentra alguien en impregnarse los pulmones de nicotina y alquitrán. Y de paso comprar boletos en la lotería del cáncer ( de boca, de lengua, de laringe, de esófago, de estómago, de vejiga...No sólo de pulmón) o en la bonoloto del EPOC, la hipertensión arterial, los infartos de miocardio y cerebrales, los aneurismas de aorta y un largo, larguísimo etcétera de enfermedades relacionadas con el puto tabaco.

Por no hablar del broncoespasmo de los fumadores que se anestesian todos los días.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Ateísmos varios

Todo hay que decirlo. Tanto mi santo como yo somos bastante ateos. Por no decir del todo. Él, porque le criaron así. Yo, porque diez años en un colegio religioso terminaron por sobresaturarme de por vida. Así que Susanita y el Terro son unos incultos en cuanto a religión e ideas religiosas se refiere. Me di cuenta un día que nos cruzamos con una procesión:
- Mamá, - pregunta el Terro, a su volumen pitezco habitual, que si no le oyen en China es porque están durmiendo - ¿quién es ese señor con los pinchos en la cabeza?
- Jesús, hijo, Jesús - le expliqué. Más que nada por acallar las miradas hirientes de las ñoras beatas de los alrededores.
- ¿Y por qué lo llevan allí arriba?
Qué ganas de decir: "Porque remató la faena y le han dado una oreja, hijo". Pero contuve mi lengua. Por si me linchaban. Y expliqué:
- Porque celebran que murió por todos los hombres.
- ¿Y por todos los niños?
- Y por todos los niños.
El Terro inspecciona la mirada doliente de la talla, la corona de espinas, la postura encogida con el taparrabos y las gotas de sangre. Me mira y decide:
- Por mí, no.
Hoy he vuelto a recordarlo al oír una conversación entre mis hijos. Susanita está empezando a dar clases de religión en el colegio, que subsanan, de esta forma, nuestras deficiencias. Así que, muy ufana ella, trataba de explicarle a su hermano el milagro de la navidad.
- Y llegó el ángel Gabriel y le dijo a María que iba a tener un bebé con la paloma.
Señoooor. Y luego se quejan de que los curas tengan inclinaciones raras. Con semejantes enseñanzas.
- Y no encontraban hotel donde quedarse, porque estaban todos llenos.
Sí, en vez de Benidorm, ese año todos los guiris decidieron reservar un dos por uno a Belén.
- Entonces, el dios malo de los romanos los perseguía para matar al bebé de la paloma.
Y dale.
- Y luego llegaron los Reyes Magos y les regalaron oro, rimas y serrín
Después de todo, ¿quién quiere mirra e incienso teniendo rimas y serrín?

lunes 9 de noviembre de 2009

Aguas menores

El paritorio tiene en mí un efecto diurético. Lo separan de los quirófanos centrales cuatro pisos de escaleras y un pasillo más largo que la esperanza de un pobre. Las ganas de mear me empiezan cuando voy por el segundo tramo de escaleras, detrás de la señora de 70 años con la rodilla fastidiada que no sé por qué cuernos no coge el ascensor y que lleva siempre a su lado a un solícito marido de unos 80 años, bloqueando el hueco completo y no dejándote pasar. Una vez que ambos alcanzan la planta de salida, pongo el turbo para bajar las dos plantas que me quedan. Pero, como en Le Mans, hay una curva peligrosa antes de tomar la recta final. En esa curva está la salita de espera de familiares, que, apenas ven llegar a alguien vestido de verde, se despliegan como un escuadrón de combate y te acorralan.
- Perdón, ¿sabe qué tal va Zutanito Zutánez?
- ¿Y Menganito Mengánez?
- No, lo siento - les digo (en plan corredor de footing parado en un semáforo, subiendo y bajando las piernas para no mearme) - lo tendrá que preguntar a los de Información.
Una vez superada la curva peligrosa, me enfrento a la recta. Voy como el corredor de marathon, con el culo apretado y las piernas juntas. A pasitos cortos pero rápidos. Qué me meo, qué me meo. En esto me para una enfermera de quirófano.
- Oye, Jomeini, ¿la apendicitis que va ahora es por laparoscopia?
No lo sé. Y además no quiero saberlo. Sólo quiero llegar al baño. Una insoportable presión en mi vejiga se encarga de recordármelo y de anular mi cerebro para que no pueda pensar en nada más.
- Ahora lo averiguo. Voy al baño.
Llego a la puerta del WC, como el naufrago a su isla. Cierro y tiro de la cuerdecita que cierra los pantalones del pijama. La cuerdecita, pasada por tantos y tantos lavados, se rompe. Y el nudo queda aún más apretado. No hay manera de bajar el pantalón. Bailando la yenka dentro del servicio, me levanto la camisa del pijama para desabrocharlo como pueda e, instantáneamente, se me caen todos los bolígrafos del bolsillo superior y las monedas del inferior. Me acuerdo de la familia y de todos los descendientes hasta la prehistoria del hijo de su madre que inventó la cuerdecita de marras. Al fin, consigo desatar el nudo y en posición, soltar aguas menores...UFFFF. Qué alivio.

domingo 8 de noviembre de 2009

Pongamos que hablo de Madrid

Me he pasado el fin de semana en Madrid. Y me ha sabido a poco. Siempre me sabe a poco. Entendámonos: soy tinerfeña. Y a mucha honra. Pero, cuando elegí hacer mi residencia de Familia en Madrid, no sabía que aparte de años, iba a dejar en esa ciudad un cachito de mi corazón.
Me fui, entonces, bastante dudosa. Eso de que me iba "donde el mar no se puede concebir" es como una losa al cuello de una isleña, acostumbrada a que su horizonte sea agua. Me fui para tres años y me quedé ocho. Mi marido es madrileño. Susanita también. Ahora, volvemos cada mes y medio a "matar el mono" de Madrid. A salir por la mañana, con el frío seco y el vaho de las calefacciones flotando en el aire turbio. A oír como la ciudad se despierta y zumba como un enorme enjambre.
A pesar de que creo que tomamos, en su momento, la decisión correcta (Indudablemente, la calidad de vida es mejor en Tenerife), hay miles y miles de pequeños detalles que hacen que eche de menos Madrid.
El viernes por la noche tomamos un taxi para ir a cenar. Mi santo, mis cuñadas y yo.
- ¿Dónde queréis que os lleve, majetes? -pregunta el taxista.
Paquirrín, que, aparte de ser adicta a las compras en los chinos, es una especialista en recorrer la ciudad en taxi, le dice:
- Pues vamos a la calle Pelayo, pero vete por nosedónde y no vayas por nosecual, que el otro día me comí un atasco de mil pares
- Eso será por las obras, que está Serrano que parece Bosnia. Ahora, Bosnia con lucecitas. Que estamos en crisis pero si no se encienden las luces de navidad, a la Espe le da algo.
Y es que, entre las cosas que echo de menos de Madrid está la gente. El salero de los taxistas, de los camareros, el "ej que" de los madrileños... aunque en Madrid ya no haya nadie de Madrid y Sabina quiera volver al Sur donde nació.

martes 3 de noviembre de 2009

EnREDada


Os dejo este link, que demuestra que de vez en cuando me dejo "enredar" para hablar de política
Y éste otro para que veáis que no siempre me enredo yo. A veces, me enredan y no me entero. Que esto lo publicaron en http://www.anestesiados.com/ el 24 de Octubre y yo no sé por qué cuernos no se me actualiza la lista de enlaces. http://www.anestesiados.com/2009/10/24/el-blog-de-la-dra-jomeini/

domingo 1 de noviembre de 2009

España cañí


Situación en una teleserie americana, estilo "Anatomía de Grey" o similar:
Paciente en la camilla, con el gorro de quirófano perfectamente colocado en un azul cielo inmaculado, dentadura perfecta, tapada con la sábana hasta la nuez. A su lado, la médico con bata (se la trae al pairo que al quirófano no se pueda entrar con bata) y fonendo (así sea traumatóloga). En absoluto nerviosa. En la cabecera de la camilla, un auxiliar digno de salir en la portada del Cosmopolitan o en un anuncio de Coca-Cola light. O sea, un tío de toma pan y moja. Entran en el quirófano, donde todo el mundo está preparado, todos con la mascarilla puesta. La misma médico que le opera es la que decide la anestesia (¿Es que no hay anestesistas en EEUU?¿O es que no sale rentable contratar actores para ese papel?), si el paciente se para ella misma reanima, sin despeinarse un pelo y sin que se le corra el rímmel. Y, con la mano libre, te hace unas croquetas de chuparse los dedos.
Situación real como la vida misma:
Paciente en la camilla, con el gorro de quirófano colocado sobre la oreja derecha, en plan boina. A medio tapar porque la sábana es muy corta y no llega a la nuez. Le faltan tres dientes arriba y cuatro abajo y apesta a tabacazo a diez millas a la redonda, la madre que lo parió. A su lado, la médico, con las gafas y las ojeras por la barbilla porque su hijo de 4 años la despertó 4 veces la noche pasada porque tenía miedo. El fonendo tiene un trozo de esparadrapo en la membrana porque está rota y no ha tenido ni tiempo ni ganas de ir a comprar una nueva. Eso sí, nada nerviosa. Más bien, hecha polvo. En la cabecera de la camilla, un auxiliar de unos 50 años, con el pijama tan retrincado que parece que se lo metió con calzador y doble papada. Digno de un anuncio, como mucho, de Chorizos Revilla. Entran en quirófano. No hay nadie. Y falta la torre de cirugía endoscópica. Hay que buscarla. Falta una pala del 4. Hay que buscarla. El pulsioxímetro deja de funcionar cuando la máquina toma la tensión, a pesar de estar colocados en brazos diferentes, por esas idiosincrasias que tiene la técnica. La médico sólo anestesia. No se acerca al campo quirúrgico ni con un bichero. Eso sí, si el paciente se para, reanima ella, que como reanime el otorrino íbamos listos. Pero si tiene que hacerlo, el corazón le baila la sardana en el pecho. Para hacer croquetas, ya está su santo (que le salen de vicio). Y el rímmel se secó de no usarlo.

jueves 29 de octubre de 2009

En las nubes


Las mujeres tenemos un don que no tienen nuestros oponentes masculinos. Ese don es hablar de un tema mientras tienes la cabeza en las nubes, pensando en otra cosa totalmente distinta. Es algo sano que preserva tu salud mental y que nos ahorra un pastón en psicoanálisis. Ojo, no digo que los hombres no lo hagan, no. Pero a ellos se les nota que están a por uvas.
- ¿Sabes? - le digo a mi santo, que tiene la vista fijada en el partido de fútbol - He conseguido cambiar esa guardia que te dije.
- Ah, ¿sí? - me responde, mientras su cabeza está a años luz, pensando en el próximo regate o en lo mal que está pitando el árbitro.
- Y me he echado un amante en el trabajo.
- Ah, qué bien.
Una de dos: o le importa un pito o no me está haciendo ni puto caso. Me decanto, obviamente, por la segunda opción. En cambio, una puede asentir con cara de pena mientras tu vecina te habla de sus mil y un achaques a la par que tu mente está por los cerros de Úbeda sin que se note lo más mínimo.
Pero está claro que no todo viene determinado genéticamente. Es éste un don que hay que cultivar y perfeccionar con la práctica y la experiencia. Y, por supuesto, nunca jamás debes dejar que la otra persona se dé cuenta de cuan lejos está tu mente.
- Toto - le pregunta mi hija a su abuelo - ¿por qué plantaste esas plantas ahí?
- Pues mira - empieza mi padre, enamorado de su huerta - la platanera tuvo unos cuantos hijitos y hay que quitarlos de al lado de la planta madre porque si no se beben toda el agua. Así que hay que trasplantarlo. Para eso, hacemos un hoyo, sacamos con cuidado las raíces...
Nadie duda de la total atención de su nieta, hasta que llega el Terrorista y, sorprendido, pregunta:
- Toto, ¿por qué plantaste esos árboles ahí?
- Porque no tenía nada mejor que hacer - le responde su hermana.
Definitivamente, le hace falta un poco de práctica.

martes 27 de octubre de 2009

Crónicas de congreso III/III: Aprendiendo ecografía


Hace ya meses, mi primo (que esperaba el nacimiento de mi primera sobrina) me mandó por email una ecografía del tercer trimestre, donde se distinguían claramente los ojos, la naricita, los labios y una mano de mi futura sobrina. Le contesté: "¡Qué sobrina más bonita que voy a tener!". La respuesta fue: "Gracias a Dios. Eres la primera que no me pregunta que qué cuernos se ve en esas líneas de puntos".
Esa maraña de puntos, líneas y sombras que forman la ecografía es una de las muchas habilidades que debo adquirir a lo largo de mi formación como anestesista. Por eso me apunté a uno de los talleres del Congreso de la ESRA sobre ecografía básica. Porque, a pesar de haber sabido interpretar la ecografía de mi sobrina, en ese campo estoy más pez que las sardinas.
Planteamiento del taller: 2 mesas, 2 profesores, 2 ecógrafos, 6 alumnos por profesor y dos modelos humanos: uno estilo Igor Yebra, alto, guapo, tabletita de chocolate. El otro, estilo Fernando Esteso, bajito, gordito, magdalena de chocolate.
Por Dios, por Dios, que me toque Igor, que me toque Igor. No porque estuviera bueno (que también. Para qué negarlo. Después de todo, una es humana), sino porque cuanta menos grasa, más fácil es localizar las estructuras. Pero no. Por supuesto, fui asignada al grupo de Fernando Esteso.
_ Bueno - dijo la profesora - voy a explicar el bloqueo axilar. Esto es lateral. Esto es medial. Aquí vemos la arteria. Esto es la vena. Y aquí, como una boina, está el nervio mediano.
Oooh. Qué fáciles son las cosas cuando te las cuentan bien.
- A ver, Jomeini, ahora tú.
Pongo la sonda del ecógrafo en la axila del Fernando Esteso. A primera instancia, lo único que veo son pelos alrededor de la sonda (y de mis dedos. PUAGH), pero nothingdeplasti en la pantalla.
- Busca la arteria - me dice la profesora.
- Es eso que late - apunta la enteradilla del grupo. En todos los cursos, siempre hay una enteradilla. No falla.
Veo un agujero negro, como el de mi cuenta corriente, en el centro de la pantalla. Efectivamente, late. Pero a su lado no hay vena.
- No aprietes tanto, que colapsas la vena - me advierte la profesora.
- Uy, perdón - estoy dejando a Fernando Esteso sin circulación en mi afán de vislumbrar algo. De repente, hago un balanceo suave con la sonda y aparecen. Ahí están delante de mis narices la arteria, la vena y el nervio mediano con forma de boina. Toco suavemente la pantalla sintiéndome como la niña de Poltergeist.
- Están aquííí - se me escapa sin poderlo remediar.
Pero mi gozo es efímero. Otro suave balanceo y desaparecen de mi vista, mientras capas de grasa los ocultan. Observo, con envidia mal disimulada, las pantallas de los afortunados que se ocupan de las dos axilas depiladísimas y perfectas de Igor Yebra y suspiro, mientras vuelvo a intentarlo. Ya lo dijo Napoleón: "La victoria pertenece al más perseverante". Perseveremos, pues.

lunes 26 de octubre de 2009

Crónicas de congreso II/III: Pamplona

Uno de mis defectos (aparte de los reseñados en este blog aquí, aquí, aquí y aquí) es que tengo menos orientación que el asesor de moda de las hijas de ZP. Digo yo que, con 480 asesores en nómina, da para que tus hijas no hagan el ridículo vestidas de Morticia Adams en la Casa Blanca.

Pero a lo que íbamos: que me sueltan en el patio de mi casa y me pierdo. Pues eso precisamente es lo que me pasó al intentar ir de pinchos (perdón, pintxos) en Pamplona.

Miss Mariposa, la Dra Olivia y yo, después de un cóctel de bienvenida bastante austero, decidimos llenar la panza en el Bodegón Sarriá. Y, después de haber dado cuenta de un caldico y otras viandas, emprendimos el regreso al hotel con la satisfacción que da la barriguita llena. Pero, ay, una de dos: o nos habían cambiado las calles o nos habíamos perdido en el camino de regreso.
Como Miss Mariposa estaba hablando con su novio por octava vez esa noche (el amor es lo que tiene), la Dra Olivia y yo nos acercamos a preguntar al primer paseante que avistamos.
- Perdone, ¿el hotel Tres Reyes?
- Querrá decir el Dos Reyes
- ¿Cómo?-hubiera jurado que a la ida era un triunvirato.
- Sí, aquí estamos en un reyno racista y el rey Baltasar no existe.

Es que los atraigo, leñe. Donde voy siempre me topo con el friki del pueblo.


Gracias al Señor de los aviones y al Señor del juego de la maquinita que impidieron que nos perdiéramos de nuevo al día siguiente. Nos enseñaron Pamplona, sus pintxos y lo "suyos" que eran los navarros. Y nos aguantaron estoicamente.

domingo 25 de octubre de 2009

Crónicas de congreso I/III: Barajas


Uno de los principales inconvenientes de vivir en una isla es el tener que coger un avión hasta para mear. Eso hay que añadirlo a que uno de los principales inconvenientes de estar casada con un madrileño es que Barajas es tan conocido como tu cuarto de baño. Generalmente, una no presta atención a su cuarto de baño cada vez que entra. Te limitas a hacer tus cosas y ya está. Pero cuando una se tiene que estar cuatro horas en el cuarto de baño (camino de Pamplona), se fija en múltiples detalles que pasan desapercibidos en una meada rápida.
Salvando lo escatológico de la metáfora, al ir a la ESRA, hicimos una escala de 4 horas en Barajas. Miss Mariposa colocó sus pies, calzados con unas sandalias de tiras moradas (apropiadísimas para el clima navarro), sobre su maleta y se quedó frita. Con lo que a mí no me quedó más remedio que entretenerme en observar el panorama. Y hay que ver la de personajes, personajas y personajillos que pululan bajo las alas del techo de la T4. Me arrellano en mi silla y lanzo una reposada mirada circular. Cuento en total, 17 personas. Ellos me miran. Yo les miro. En realidad, nos miramos unos a otros como los animales de la misma especie que se olfatean al coincidir en un claro del bosque. Esas personas y yo nos sentimos hermanadas por el hecho de coincidir en este momento. Podríamos haber elegido entre infinidad de opciones y nos hemos decantado todos por la misma. Frente a los espectadores sentados en las sillas, pasa un hombre moreno, con rasgos marcados y con dos sombreros en la cabeza (uno envuelto en una bolsa, sobre otro más ancho). "Macho"- habría que decirle - "que la otra cabeza no necesita sombrero. Como mucho, gorro.". Otro pasa, en sentido contrario, cantando a voz en grito una serenata a una supuesta amante, que, seguro, le escucha arrobada al otro lado del teléfono móvil
- Te quiero taaanto - desafina, sin importarle las miradas del patio de butacas que lo observan a su paso.
Una mujer, ataviada con los ropajes típicos de Nigeria, pasa dejando entrever unas perfectas piernas morenas entre tejidos de seda dorados. Dos niñas pijas, con botas de cowboy y divinos megacuerpos, hechos a golpe de Pilates, cruzan por delante nuestro hablando:
- He quedado con unos amigos para hacer una visita por San Sebastián.
- Uy, ¿crees que podremos hacer una paradita en alguna tienda de Mango?
Por la terminal de un aeropuerto, lo mismo que por nuestra vida, pasan personajes de pasada. Personas con vidas propias que, por un instante, se entrelazan con la nuestra, formando un complejo tapiz de idas y venidas, ajenas, todas ellas, a las demás.
En la T4, hay un mural con una frase de Miguel Hernández, que le viene a mis pensamientos como anillo al dedo: "Alrededor de tu piel/ ato y desato la mía". Seguramente, alguien, haciendo otra escala de tropecientas horas, debió de tener los mismos pensamientos que yo ahora. Y decidió ilustrarlos con un mural. De repente, llega una azafata y anuncia el embarque de nuestro vuelo. Miss Mariposa, recién sacada de su sueño, se frota los ojos. Y yo me abro paso entre pasajeros malhumorados, sintiendo que acaban de bajar el telón.